Reflexon del Dia: 3 de Septiembre

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Patty tenía alrededor de treinta y cinco años y llevaba once de casada cuando buscó la ayuda de un terapeuta privado. Tenía tres hijos, de los cuales el más pequeño sufría parálisis cerebral. Patty había dedicado su vida a ser una buena esposa y madre. Le decía a su terapeuta que amaba a sus hijos, que no lamentaba su decisión de quedarse en casa para criarlos, pero detestaba su rutina cotidiana. Antes de casarse, tenía muchos amigos y pasatiempos, trabajaba como enfermera y se interesaba por el mundo que la rodeaba. Sin embargo, en los años que siguieron al nacimiento de sus hijos, en especial al de su hijo inválido, había perdido el entusiasmo por la vida. Tenía pocos amigos, había aumentado cerca de 40 kilos, no sabía cuáles eran sus sentimientos, y si se daban, se sentía culpable por experimentarlos. Le explicaba que trataba de mantenerse activa ayudando a sus amigos y trabajando como voluntaria en varias organizaciones, pero sus esfuerzos generalmente daban como resultado sentimientos de inadecuación y resentimiento. Había pensado en volver a trabajar, pero no lo hizo porque “lo único que sé hacer es ser enfermera, y estoy harta de cuidar a la gente”. Mi familia y mis amigos piensan que soy una torre de fortaleza. La Patty de siempre, confiable ante todo. Siempre está ahí. Siempre controlada. Siempre lista para ayudarles. La verdad es, decía Patty, “que me estoy deshaciendo, muy callada pero ciertamente. He estado deprimida por años. No puedo sacudirme la depresión. Lloro porque vuela la mosca. Y no tengo energía alguna. Les grito a los niños todo el tiempo. No tengo interés por el sexo, al menos no con mi marido. Todo el tiempo me siento culpable de todo. Me siento culpable hasta de venir a verlo a usted”, le decía al terapeuta. “Debería de ser capaz de resolver mis problemas. Debería poder salir de esto. Es ridículo que yo desperdicie su tiempo y el dinero de mi esposo en mis problemas, problemas que quizá tan sólo me estoy imaginando y sacando fuera de toda proporción”.
“Pero tengo que hacer algo”, confesaba Patty. “Últimamente he estado pensando en el suicidio. Por supuesto que en realidad nunca me mataría. Demasiada gente me necesita. Demasiada gente depende de mí. Les fallaría. Pero estoy preocupada. Estoy asustada.”
El terapeuta investigó la historia de Patty. Patty hablaba con cariño sobre sus padres y sus dos hermanos adultos. Provenía de una buena familia que era unida y tenía éxito. El terapeuta escarbó más profundamente. Patty mencionó que su padre había acudido a Alcohólicos Anónimos desde que ella era adolescente.
“Mi padre se volvió sobrio cuando yo estaba en preparatoria”, dijo. “En verdad lo amo, y estoy orgullosa de él, pero los años durante los cuales bebió fueron una locura para nuestra familia.”
Patty no sólo estaba casada con alguien probablemente alcohólico, sino que era lo que ahora se llama un hijo adulto de un alcohólico. La familia en su totalidad había sido afectada por la enfermedad familiar del alcoholismo. Su padre dejó de beber; su madre había ido a Al-Anón; la vida familiar mejoró, pero Patty también fue afectada. ¿Se esperaba que mágicamente superara la forma en que había sido afectada, sólo porque su padre dejó de beber?

(Melody Beattie de su Libro Ya no seas Codependiente).

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Un pensamiento en “Reflexon del Dia: 3 de Septiembre

  1. Es una historia tan frecuente, los padres con sus problemas, nos involucran a los hijos, quienes no sabemos como enfrentar esos altibajos, y nos creemos hasta culpabñes de esa situacion, y creemos que si nosotros somos ¨perfectas¨, consideradas y dispuestas a ayudar a todo el mundo, las cosas cambiaran. Nos mostramos fuertes, y siempre con una cascara protectora, con la que intentamos protegernos. Por supuesto, los demas creen que estamos muy bien, y nunca nos dan el apoyo profesional que necesitamos y arrastramos esas lastras, arruinando nuestras vidas, ya que usualmente, repetimos historias.

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